¿Alguna vez has sentido la necesidad de encontrar momentos de tranquilidad o de concentración? ¿Y que no puedes trabajar en tus millones de ideas por que no puedes focalizarte en alguna de ellas?

Yo he intentado en reiteradas ocasiones levantarme temprano, hacer ejercicio, yoga y cosas por el estilo, pero al intentar desarrollarlas resuena en mi mente el tiempo que demandan éstas actividades y que conjugadas al escaso tiempo que todos tenemos, termina siendo una misión muy “abortable”.

Esta es mi historia, soy Consuelo y voy a contarte cómo aprendí la diferencia entre, empezar un día con energía a TODA velocidad y empezar mi día enfocada en lo que me ayuda a avanzar de manera sana y siendo realista.

Ver personas que no veía hace mucho tiempo, para mí era una experiencia a la cual no quería enfrentarme. Sentía una pequeña angustia ente esa típica pregunta de ¿En qué trabajas?, ¿Cómo van tus proyectos?, etc.

“Estoy trabajando en crear un espacio cultural…” (Porque eso podía abarcar toooodos mis proyectos)

“ya… que interesante (con cara de duda) ¿Y cómo es eso?”

“Bueno, voy a viajar para ver espacios y sacar ideas…tengo algunas…” (Como ven, era muy ambigua)

El no poder explicar bien lo que hacía me decía que estaba mucho en nada, y poco en muchas cosas.

Estos “Millones” de proyectos sin aterrizar mezclados con mi inmenso entusiasmo, provocaban en mí una sensación extraña de agotamiento por el trabajo, mezclado con el sentimiento de no ver resultados.

“Cuando aprenda esto, voy a poder hacer aquello” me decía. Nunca era suficiente lo que ya sabía por qué era difícil validarme en ese hacer tan extraño para la mayoría.

Mis intereses eran cosas que para cualquier persona normal suelen ser pasatiempos, y por la manera en que fui criada, también en algún sentido lo eran para mí y eso también me daba algo de inseguridad.

Un día, entre todos los trabajos que desarrollaba (y que en su mayoría eran sin remuneración ya que eran mis propios proyectos, los que ocupaban además gran parte de mi tiempo y energía), fui a imprimir un diario que hacía y me encontré con alguien que iba a imprimir sus logos para una línea de té que tenía. Me llamo la atención y nos pusimos a conversar por unos minutos, cuando me contó que había estudiado té.

¿Té?, ¿Se puede estudiar té?, pregunté.

Sí, yo soy sommelier de té. Aunque también hay otros estudios relacionados al té, como por ejemplo, diseño de té o maestro de ceremonia.

De inmediato pensé: “¡fantástico!, increíble, yo amo el té.” El tema quedó resonando en mi cabeza, porque siempre he amado el té, ha estado presente en mi vida y es algo que siempre ha tenido un espacio en mi sin darme cuenta (aunque entre nos, díganme: ¿Qué chileno no tiene una conexión profunda con el té?, de verdad creo que muy pocos).

Miles de pensamientos me invadieron en ese momento y no dejaba de repetirme el grado de importancia y significado que tiene esto para mí (porque si, soy un poco de blancos y negros). Esto se conjugó con otras ideas que ya tenía y que iban muy bien acompañadas al concepto del té.

Quedé encantada y con la curiosidad ferviente de conocer en profundidad este nuevo universo. A medida que avanzaba en mis cosas la idea del té se me cruzaba cada vez con más fuerza, aunque no negaré el cuestionamiento interno, de que éste nuevo interés POCO CONVENCIONAL, nuevamente, no me llevaría a ningún lado y que de alguna forma me hacía pensar: “Consuelo, ¡Para y concéntrate!”

Dentro de todo lo poco convencional que ya realizaba, éste nuevo interés resultaba RARO (por decir lo menos), pero no dejaba de pensar en ello y en la posibilidad de estudiarlo.

Pensaba :“¡Qué interesante! pero… ¿Qué tiene que ver esto con mi trabajo?…obviamente esto no me va servir de nada…”

Cuando saltaba la idea en mi cabeza, nuevamente me sentía fuera de lugar y me daba vergüenza la idea de comentarle a alguien que quería ir a estudiar esto. Pero siempre fiel a mis convicciones (con magister en picotear por todos lados) , comencé a averiguar por dónde empezar a aprender, y a medida que me empapaba de información, más difícil era apartar las ganas de querer saber más.

Luego de un tiempo, viajé a Argentina para empezar a estudiar sobre té. Partí estudiando para ser sommelier de té, algo que por supuesto NUNCA EN MI VIDA había escuchado. Únicamente había escuchado sobre los sommelier de vinos, pero luego supe que había sommelier de casi todo.

Esta etapa fue un proceso nuevo para mí. No tenía idea sobre la preparación, orígenes y procesos del té. Una de los momentos que se me hizo más difícil fue cuando empezamos a hacer el ejercicio de “Cata de té”, porque no lograba reconocer notas definidas en el sabor o en el aroma. No entendía como buscar o percibir eso que estaba frente a mí. Lo anterior sumado a la vergüenza de dar mi opinión sobre algo que no percibía bien, no fue tan fácil.

Por otro lado, mi ansiedad de querer descubrir a qué sabía el té, entorpecía el momento, porque me estaba adelantando (como siempre), pero con el pasar de las clases pude entender que todo tiene su tiempo y que ahora para mí el tiempo estaba teniendo un aroma. Entendí que tenía que detenerme un poco más y que no podía estar más adelante, tenía que estar ahí en ese momento, y atesorar la espera. Así de simple y de difícil fue para mí. Me enfoque en la taza, tenía que estar ahí en esa simple taza. Ni más adelante ni más atrás.

Los sabores y aromas son tan sutiles, una experiencia tan silenciosa que de otra forma no podría vivirse. Ese momento me transportó a muchos lugares, porque el aroma así trabaja. Viajé en el tiempo y en mi historia. Esperar el tiempo que se necesita por tipo de té me regalaba un dejo de ritual. Aprendí a respetar el tiempo ya que de otra forma, ese té no me entregaría lo mejor de él.

Solía pensar que mientras más energética comenzara mi mañana, mejor funcionaría. Hoy entiendo que debo tener un momento. Este simple ejercicio de 5 o 10 minutos en la mañana me ayuda a ponerme en orden, pensar y priorizar mis actividades. Ver lo que tengo alrededor, dar gracias y así inyectarme de una energía mucho enriquecida e intencionada. Mis propósitos toman más fuerza y mi cuerpo si dispone de mejor manera. De esta forma he podido desarrollar varios de mis proyectos y también entender que mi vida no son sólo proyectos. Esto es hoy para mí una enseñanza infinita, porque con el tiempo ese pequeño ritual se ha ido enriqueciendo y hoy no tiene precio. Lo comparto con mi hija y veo como le ayuda a ella a situarse en el “ahora”.

Probar tés nuevos o mis favoritos, ya sea sola o acompañada es algo que me encanta y enriquece mis días.

Todo esto no hubiera sido posible sin que el magnífico universo del té no hubiese aparecido en mi vida. En especial, los té puros y artesanales que con sus procesos conservan el sabor real y no necesitan de saborizantes o añadiduras. Porque en el té puro es donde realmente se esconden las propiedades de la tierra, el aroma y la conexión con lo esencial y lo primitivo.

Independiente de donde vengamos, el té guarda consigo la tradición y evocan cosas que compartimos todos: el contacto con la naturaleza y nuestra historia.